img.quarter.28René Guénon - Semblanza

A ciento doce años del nacimiento de René Guénon

Por José Andrés Bonetti - Mayo - Agosto de 1998

"Si Guénon a raison, eh bien, toute mon oevre tombe. Je n'ai rien, absolument á objecter á ce que Guenon a écrit. C'est irréfutable"

André Gide, Journal 1942-1949

1. Introducción

Escribir sobre René Guénon (1886-1951) presenta múltiples desafíos. Uno de ellos, tal vez el menos riesgoso, radica en evitar caer en todo tipo de homenaje "ad usum philosophi". En efecto nada más lejos de Guénon que la figura de los filósofos modernos en su afán desmedido por la notoriedad, la originalidad y, aunque hoy no tan manifiesto, por "el sistema". El mismo Guénon, distante e incalificable, procuró en vida separarse de esa especie al manifestarse tan sólo como un servidor de la verdad y no de la novedad.

Por lo tanto: nada pues de discursos conmemorativos. Pero sí cabe recordar algunos puntos de su obra y, sobre todo, preguntarnos por lo que se ha dado en llamar la "función" de René Guénon.

Consecuentes con lo expuesto en el primer párrafo no corresponde aquí volver sobre sus peripecias biográficas. El se hubiera sentido molesto por esto. Pero lejos de las figuras decadentes del escéptico o del epicureo Guénon produjo conocimiento -en contraposición al primer caso- y no trató de pasar inadvertido, en abierto desafío al consejo de Epicuro. Así elaboró una obra singular, llamada por sus seguidores "el milagro intelectual del siglo XX". Y es de suponer que al producirla buscara algún efecto. La obra está vigente. Y ella es el tribunal en donde se juzga al mundo moderno, Es pues sobre algunos tomas de esta obra sobre los que hay que volver a meditar en este fin de milenio. Es este, precisamente, el mejor homenaje que se le puede tributar.

En efecto, en los momentos en que la modernidad presenta las instituciones por ella inventadas en toda desnudez y mediocridad comienza a manifestarse la atmósfera de un "cambio de tiempo". Tales instituciones, como la cárcel, los partidos políticos, el ejército, etc., se muestran hoy en día como rotos maniquíes: los vivos colores que antes cubrían sus rostros son ahora artificiales morados y su articulaciones muestran los engranajes antes ocultos y actualmente oxidados. Y la crisis de tales instituciones -u "organizaciones" come, las han llamado los sociólogos- ha generado una moda intelectual: el pensamiento "post-moderno", como pseudo-respuesta a un problema concreto: ¿qué es lo que queda del proyecto de la modernidad? ¿Tan sólo este desfile grotesco de muñecos rotos? Pseudo-respuesta que cae en el viciosos círculo del escepticismo. Guénon dio una respuesta a este problema mucho antes de la aparición de esta "novedad filosófica". Y la ofrece en el corpus total de su obra.

En este artículo nos proponemos plantear, a partir de su pensar, dos temáticas:

1. El problema del mundo moderno.

2. El problema de la actitud ética a adoptar frente a él. En otros términos la posible respuesta a la pregunta concreta: ¿qué hacer?

2. Respondiendo a la pregunta ¿Qué es la modernidad?

(...) todo lo que existe en cualquier forma, incluso el propio error necesariamente posee una razón de ser, tle modo que hasta el propio desorden debe encontrar su lugar entre los elementos del roden universal.

René Guénon, El reino de la cantidad y los signos de los tiempo (1945)

Guénon ha analizado el problema del mundo moderno desde su primera obra titulada Introduction générale á l'etude des doctrines hindoues. Esta obra, destinada a obtener el doctorado en filosofía en La Sorbona, presenta en forma sintética muchos de los tópicos con,los que, más tarde, caracterizará la mentalidad occidental. Su segunda obra Le théosphisme, histoire d'un pseudo-religion presenta otro rasgo particular del mundo moderno, el cual en las décadas de los sesenta y setenta alcanzaría su apogeo, la malversación para consumo occidental de una verdadera tradición tal la hindú. En 1923, en L'Erreur Spiríte, se enfrentará a una falsa respuesta al materialismo imperante. la apelación a un espiritualismo falsificado y la búsqueda de una salida "por debajo", por lo irracional (semejante en muchos aspectos al psicoanálisis). El espiritismo, ampliamente divulgado en el mundo anglo-sajón y uno de cuyos máximos exponentes fuera Arthur Conan Doyle célebre espía inglés inventor de S. Holmes será otro de los puntos negros de la modernidad denunciados por Guénon. En 1924 prosigue el estudio de la génesis histórica del presente en Orient el Occident y comienza a pulirse la interpretación guenoniana de la modernidad como una "anomalía".

Después de obras como L'esoterisme de Dante (1925), L'homme et son devenir selon le Vêdânta (1925) y L-- Roi du Monde (1927), vendrá una obra central para nuestro primer punto: La crise du monde moderne (1927), primer texto guenoniano absolutamente dedicado a la modernidad. La atención de Guénon se concentra sobre este problema y vincula el curso de la historia con la doctrina hindú de los ciclos cósmicos, expuesto en el primer capítulo. Toda la obra revisa los puntos centrales de esta época: la oposición espiritual entre oriente y occidente, la relación entre el conocimiento y la acción, el primado de esta última en occidente, el postulado de la existencia de una ciencia sagrada o ares regia, el carácter profano de la ciencia moderna, el individualismo, el caos social y el materialismo. El escritor alemán Leopold Ziegler comentó acerca de esta obra: "Aquí por fin lo temporal está medido, contado y pesado con medidas eternas y se lo ha encontrado demasiado ligero".

Autorité spirituelle et pouvoir temporel de 1929 aborda las relaciones que deben establecerse entre estos dos órdenes desde una perspectiva puramente tradicional. La ocasión para escribirla se la da a Guénon un acontecimiento meramente político y secular: la alocución consistorial "Misericordia Domini" (1926) del Papa Pio XI, por la cual se condenó al movimiento Action Francaise. Condena resistida por medio del documento titulado "Non Possumus", con el cual se desconocía a la autoridad papal. Guénon vio en este acto de insubordinación un rasgo típico de la modemidad: la negación de toda real jerarquía.

Entre 1929 y 1939 Guénon redacta y publica Saint Bernard, Le symbolisme de la Croix, Le étas multiples de l'etre, La métaphysique orientale; obras todas de rico contenido en las que Guénon se interna en las profundidades de un saber atemporal y de origen no humano.

En 1945 publica Le- regne de la quantité et les signes des temps con la cual completa y, podríamos decir, consuma, su crítica contra la modernidad. Guénon redacta, hasta su muerte ocurrida en 1951, Les principes du calcul infinitesimal (1946), Apercus sur la initiation (1946) y La grande triade (1946). Después de la muerte de Guénon sus discípulos se han consagrado a publicar sus escritos inéditos.

Expuesto sumariamente el corpus total de la obra guenoniana sólo resta aproximarnos a nuestro tema. Pero ante todo es preciso destacar que Guénon no fue un filósofo de la historia -a la manera de un Vico, un Hegel o un Marx- ni pretendió comportarse como tal. Tampoco fue un teólogo de la historia, al menos en el sentido en que lo interpreta H.I. Marrou. La mejor caracterización que se le podría dar a este pensador es la de un metafísico de la historia, en tanto ciencia del ser todavía no ocultado por el ente, para emplear una metáfora heideggeriana.

En La crisis del mundo moderno se expone la doctrina tradicional de los ciclos cósmicos y su etapa final, en la cual vamos discurriendo, el Kali-Yuga, tiempo de la diosa Kali (principio destructor) o edad sombría. Las características de la misma son las siguientes: pérdida u ocultamiento de la metafísica, ascenso irresistible de las ciencias de la naturaleza, el materialismo y el individualismo imperantes como consecuencias del triunfo de la burguesía y la irreverente sustitución de la espiritualidad: el neo-espiritualismo y las corrientes sentimentalistas contemporáneas. La historia, entonces, no es progreso sino caída como consecuencia del alejamiento consecutivo del principio supremo. Guénon se basa en doctrinas hindúes pero el carácter tradicional de esta interpretación parece ser confirmado por otras culturas: la doctrina de las cuatro edades expuestas por Hesíodo en sus poemas y la "edad del lobo Fenrir" descriptiva en el Edda nórdico.

Después de exponer estas doctrinas Guénon esta presto a definir a la modernidad como una anomalía, como una monstruosidad en la historia. Si ,bien, vale aclararlo, Guénon no quiere dedicarse a los orígenes de la desviación sino al momento de eclosión de la misma, realiza algunas consideraciones sobre el siglo VI a.C. En esta época, pues, es posible detectar "( ... ) una barrera en el tiempo, imposible de franquear con ayuda de los medios de investigación al alcance de los estudiosos comunes". De este modo Guénon va desbaratando magistralmente todos los prejuicios y los moldes de nuestra educación histórica: más allá del siglo VI a.C. se esconde un dominio impenetrable, inasequible a todo conocimiento positivo pero no por ello reducible a mera "leyenda". Por otro lado demuestra esto que la llamada antigüedad clásica no es tan antigua como parece y se encuentra, en cambio, mucho más cerca de los tiempos modernos, desde el momento en que ambas épocas discurren dentro del Kali-Yuga.

En el siglo VI a.C. Guénon percibe la presencia de ciertos sucesos peculiares que indican un cambio epocal o cíclico: la división de la doctrina china en dos ramas, tales las del taoísmo y confucionismo; la readaptación del mazdeísmo en Persia con Zoroastro; el nacimiento del budismo en India; el cautiverio de los judíos en Babilonia y la consiguiente pérdida de su escritura; los inicios del período "histórico" en Roma y en Grecia el advenimiento del período clásico.

Nos hemos detenido en este punto por dos motivos. El primero de ellos es señalar la curiosa interpretación del pensador alemán Karl Jaspers sobre el siglo VI a.C. como la "Epoca axial" o "tiempo eje", al cual asigna el carácter de "basamento espiritual de la humanidad". El tono encomiástico con que Jaspers caracteriza al período es propio de la incomprensión, o mejor aún: de la incomprensión al revés, de diferentes problemas por parte de la mentalidad moderna. Lo que fue -de acuerdo con la sabiduría tradicional- un hecho negativo e iniciador del Kali-Yúga queda convertido en el momento estelar de la actual humanidad. Pero, más allá de todas estas distorsiones, queda un punto por lo demás significativo: el momento señalado como "eje" es, el mismo siglo VI a.C.

El segundo motivo consiste en remarcar una tesis fuerte de Guénon consistente en afirmar que la antigüedad clásica contiene algunos de los gérmenes del mundo moderno, de modo tal que se podría hablar de cierta "modernidad de la antigüedad". Ejemplo de ello lo encontraríamos tanto en la filosofía pre-socrática, la sophistica, el relativismo y otras posturas igualmente decadentes. Pero, de todos modos, se trataría siempre de factores relativos puesto que en la Antigüedad encontramos muchos rasgos elevados, tanto en el orden intelectual. como espiritual, cuyo equivalente no podríamos hallar en el mundo moderno. Guénon señala que entre el fin de la Antigüedad y los comienzos de la modernidad -a los cuales sitúa en el siglo XIV se extiende un período de "reordenamiento", vale decir la mal conocida y calumniada Edad Media.

Guénon apela a un cierto paralelismo que se da entre el fin de la Antigüedad y la presente situación histórica de consumación de la modernidad: aparición -en el siglo IV a.C- de filosofías como estoicismo, cinismo y epicureismo, piedad degenerada en paganismo o mera superstición, etc. Tales tendencias negativas son exacerbadas en la modernidad y llevadas a su límite máximo. A tal punto que Guénon señala que ya no parece vislumbrarse la posibilidad de una renovación como la que se dio al término de la Antigüedad y que se conoció como período medieval. En efecto al mundo moderno parece no esperarle otro destino que la consumación de su propia negatividad.

Guénon recusa la caracterización de pesimista -u optimista- para su descripción fenomenológica. La suma de todos los desórdenes generará el orden, dice una vieja fórmula extremo oriental. Pero aun cuando del mal pueda salir un bien, el mal no pierde por ello su carácter de tal. Recuerda, entonces, Guénon aquel pasaje evangélico, por lo general mal comprendido: "Es menester que haya escándalo; pero ¡ay de aquel por quien sobreviene el escándalo!".

Ya se ha encontrado la definición de mundo moderno: una anomalía. Una monstruosidad en la que el primado del individualismo y el desarrollo de la ciencia profana -"( ... ) que sólo se ocupa del término inferior y dada su incapacidad para sobrepasar el ámbito a que se refiere, pretende reducir a este a toda la realidad" ha constituido un mundo basado en el primado de la técnica y de la cantidad.

Rasgo peculiar de la modernidad es la aceleración de los acontecimientos, en la medida en que se va aproximando el fin del ciclo. Guénon ejemplifica: de la misma manera en que aumenta la aceleración de los cuerpos grávidos en el movimiento de caída así también el cielo se acelera en la cercanía de su consumación.

Tal estado de cosas, "la abominación de la desolación" según la imagen evangélica, ¿podría tener, acaso, una causa natural? Guénon responde que no y postula, en cambio, la tesis de la "fabricación del mundo moderno". Este es uno de los aspectos que, seguramente, presentará mayores dificultades para su aceptación, tanto por parte del hombre medio como del llamado "culto" de nuestros días. Nada de tesis conspiracionistas dirán. Pero Guénon desconfía de lo evidente y, sobre todo, de la historia oficial y siempre busca más allá de las apariencias. Es, en este aspecto, el supremo "maestro de la sospecha", por tomar una imagen de Paul Ricoeur, y creemos que lo es en mayor medida que Mari, Nietzsche o Freud. Estos tres últimos también buscaron otras respuestas al enigma de la modernidad y nadie por ello los acusó jamás de "conspiracionistas". Lamentablemente las respuestas ofrecidas reptaron por debajo, por donde nunca podría hallarse la verdad: la infraestructura en Marx, la irracional voluntad en Nietzsche y los subsótanos de lo inconsciente en Freud. Guénon busca por lo alto. Y no contento con la mera razón (línea descendente que va de Descartes hasta Kant) postula la restauración de la intelectualidad. Y ella le indica claramente que:

La historia verdadera puede ser peligrosa para ciertos intereses políticos, y tenemos derecho a preguntamos si no es por esta razón que ciertos métodos, en ese ámbito, son impuestos oficialmente con exclusión de todos los demás; conscientemente o no, se descarta a priori todo lo que permitiría ver con claridad en bien de las cosas y es así como se forma la opinión pública.

Por lo demás contemporáneos historiadores de la ciencia ya se han visto obligados a reconocer el proceso deliberado y premeditado en como se imponen en un momento dado determinadas teorías científicas que contribuyeron eficazmente a construir la imagen del mundo moderno. Y en medio de un mundo en que supuestamente se expresa, se publica y se denuncia todo, bajo el imperio de los mass-media y de las imágenes electrónicas hay un secreto celosamente guardado: el de la magnífica empresa de sugestión que ha producido y nutre a la mentalidad actual.

Este mundo se ha solidificado, lo cual permite la existencia de un orden totalmente acorde con las actuales concepciones materialistas. Se trata de una progresiva materialización del orden cósmico vinculada -en virtud de la ley de correspondencia al orden humano. Y, en efecto, si el lenguaje es la primera forma de la conciencia social como dijeran los modernos nada mejor que verificar que la palabra "materia" es, también, acuñación moderna. Guénon prefiere el término "solidificación" a materialización puesto que los cuerpos sólidos, por su densidad y su impenetrabilidad, son los que, más que cualquier otra cosa, dan una impresión de materialidad". Y en tal solidificación habrá que buscar la causa del éxito de la ciencia moderna, imposible de plantear en períodos históricos normales:

( ... ) en otras épocas en las que esta 'solidificación' todavía no estaba tan acentuada, no sólo el hombre no habría podido concebir una industria como la de nuestros días, sino que, por añadidura, esta industria habría resultado del todo imposible, al igual que todo el conjunto de la vida ordinaria ( ... ).

Pero no existen cosas puramente materiales, este es otro error típicamente moderno. De modo que el mundo corpóreo no puede, en modo alguno, ser considerado como un todo autosuficiente sino que procede del orden sutil. Así, pues, dicha solidificación no será nunca sino precaria, puesto que la realidad inferior es, asimismo, la más inestable. Prueba de esto es la rapidez creciente de los acontecimientos históricos y los cambios operados en el mundo actual, como apuntamos supra. Pero, como nota características, lo inferior tiende a copiar lo superior así al desorden actual se lo podrá bautizar con todo desparpajo "Nuevo Orden Mundial", negando eso sí siempre toda vinculación con un principio supremo y afirmando, en cambio, toda suerte de principios falsos.

Tales son, en síntesis algunos de los rasgos más salientes de "un mundo sin alma" que se aproxima rápidamente a su fin. Pero, nos recuerda Guénon, se tratará del fin de este mundo (no el fin del mundo). Y, en definitiva, sólo el fin de una ilusión.

3. ¿Quién es el rebelde?

Abordaremos ahora la segunda cuestión planteada en la Introducción: ¿,qué hacer frente a tal estado de cosas? La situación descripta del mundo moderno ha generado múltiples actitudes y reacciones. Y el siglo XX se ha caracterizado por innumerables ejemplos de movimientos contestarios tanto en el arte -futurismo, dadaísmo y constructivismo, en la política -múltiples movimientos de liberación que van desde el socialismo utópico al materialismo científico-, e incluso en el plano religioso con el modernismo y la teología de la liberación. Se supone, y así lo interpretan muchos sociólogos, que se tratan de acciones de rebeldía. Finalmente podemos preguntamos ¿rebeldía contra el mundo moderno? Seguramente que no. Y, en efecto, muchas de las notas de los movimientos arriba señalados no han sido sino la exasperación de las características más negativas de la modernidad: el individualismo, el rechazo de toda jerarquía, la industrialización, la proletarización del hombre (recordar aquí la acusación de T.W. Adorno dirigida a Marx en el sentido en que este último pretendía convertir al mundo en un inmenso taller el espíritu de revuelta permanente. Todo lo cual recicla y fomenta la modernidad y no la detiene. La misma historia, por mucho que la quiera ocultar, demuestra esto palmariamente. Muchos de los jóvenes iracundos de los sesenta son los agentes empresariales del supercapitalismo de hoy.

Tampoco las otras corrientes políticas antitéticas del XX han sido respuesta alguna al enigma de la modernidad. Fascismo y nacionalsocialismo se presentaron, también, como abanderados de la misma y pusieron en evidencia rasgos ocultos, pero no por ello secundarios, del materialismo moderno: el racismo biologicista, la irracionalidad de las masas y la exasperación de una idea totalmente moderna -inventada en 1789- como la de "nación". Y con su ciego tecnicismo contribuyeron a la sombría contienda de 1939-1945, masacre sólo comparable a aquellos memorables combates fraticidas cantados en el Bhagavad-Gita [Nota 304] y que señalan, asimismo, el fin de un cielo: el Dwápara-Yuga.

Tal vez la figura del rebelde no sea del todo feliz para los fines de este apartado. Efectivamente la misma remite al Non Serviam! luciferino y en general a todo tipo de insubordinación metafísica, a la desobediencia y soberbia de la bíblica serpiente. Efectivamente "el Príncipe de este mundo" nunca ha gozado de mayor soberanía que en la modernidad. Y en tal sentido los partícipes de los movimientos señalados han sido efectivamente rebeldes -siendo éste el principio rector de los tiempos- pero no rebeldes contra la modernidad sino contra todo aquello que pudiera subsistir, en ella, de superior.

Por lo expuesto no cabría usar sino con reservas el término "rebeldía" para designar la postura ética a adoptar frente al mundo moderno. Guénon es el principal recusar del mismo pero en modo alguno podemos asimilarlo junto a todos aquellos que contribuyeron a solidificar cada vez más los tiempos. Su obra presenta un carácter único en "nuestro tiempo indigente" (como diría Karl Löwith) y su actitud, con las reservas del caso, implica la única y auténtica rebeldía. No la de aquellas posiciones que no hacen sino reforzar el estado actual de cosas sino aquella que denuncia las falaces bases de un pseudo-orden totalmente artificial.

Pero que tal consideración permanezca en un plano puramente intelectual y contemplativo, no enviciado por la acción, acarrea -por otro lado- algunos problemas al pensamiento guenoniano, que sería injusto pretender ocultar. En efecto este podría ser uno de los factores que llevaron a Paul Sérant a afirmar que: "( ... ) Sans doute á l'homme, comme á l'oevre, manquait-il quelque chose".

Aquí nos podemos preguntar ¿,una de esas cosas que faltan será acaso la posibilidad de la libertad humana? Si fuera así Guénon podría ser acusado de determinista. Y en efecto, en esta sucesión de ciclos cósmicos se verifica un proceso inevitable que en poco, por no decir en nada, puede verse afectado por la acción del hombre. En este aspecto la posición transmitida por Guénon puede aproximarse al proceso de desenvolvimiento del Espíritu hegeliano o la marcha inexorable hacia la sociedad sin clases de Marx. Y así como acosa al pensamiento marxiano el problema del "salirse" de todo tipo de acción, dadas las irrefutables leyes históricas que enuncia que -tarde o temprano- todo el proceso se encaminará a aquella paradisiaca situación en la cual el lobo pastará con las ovejas, el quietisnio es una de las posibles sombras de la doctrina expuesta por Guénon. Frente, pues, a tal idílico cuadro se plantea la huida al compromiso: ¿a qué arriesgar la vida, mi vida, si todo esto devendrá inevitablemente?

De igual modo, decíamos, tal problema puede plantearse con respecto a las consideraciones guenonianas. Si a la triste "edad del hierro" sucederá -por tendencia cósmica- una nueva edad de oro nada se puede, o mejor aún, nada conviene hacer, salvo esperar el fin. Se verificaría, entonces, en Guénon un monismo determinista o, en términos caros a las actuales ciencias sociales, un holismo metodológico determinista.

Pero si bien el "principio de la inacción" es propio del mundo tradicional Guénon está lejos de proponer esta respuesta. En todo caso a lo que renuncia de antemano, y de buen grado, es a la ciega acción que -sin objetivos claros ni conocimientos profundos- se lanza a presuntas "restauraciones" que a la postre no hacen sino agravar y maximizar las potencialidades negativas de la modernidad. El siglo XX, y en particular nuestra América hispánica, presentan múltiples y siniestros ejemplos de lo expuesto. Guénon propone la vía de la contemplación y de la realización metafísica, exigencia suprema para poder superar el momento de tránsito cíclico. Tarea casi imposible para un occidente devastado espiritualmente y separado -¡trabajo supremo de la navaja de Occam!- de toda metafísica. Este es el imperativo guenoniano y ésta es la única posible realización de la libertad humana.

Y si alguna crítica es posible dirigir a su obra es la ausencia de toda indicación concreta con respecto al cómo llevar a cabo dicha realización. Tras presentar las urgencias de la iniciación en tal sentido Guénon guarda silencio con respecto a toda indicación concreta. Seguramente tendría sus razones para ello y, por otra parte, las indicaciones presentes en sus escritos, oscuras para nuestra mentalidad occidental, fueron extremadamente precisas para otros, tal como parece desprenderse de la lectura de los pasajes finales de El Rey del Mundo.

4. Conclusión

"Nichts wirts du sehn in ewig leerer Ferne,

Den Schritt nicht hören, den du tuest,

Nichts Festesfinden, wo dur ruhst"

Goethe, Faust.

La filosofía moderna ha procurado dar una respuesta al enigma de su tiempo. Desde la experiencia del mundo como templo (hasta fines del medioevo), aquél ha devenido primero en teatro (siglos XVI-XVII), después en burdel (siglos XVIII y principios del XIX) y, finalmente, en cárcel (fines del XIX y XX). La idea pertenece al destacado pensador argentino Edgardo Albizu y se ajusta perfectamente al cuadro histórico arriba descrito.

"En el curso de este descenso el hombre moderno experimentó el mundo como admirable teatro en el que se expone la ciencia divina (lo ejemplifican obras como las de Leonardo, Galilei, Newton y Leibniz) y como variado burdel rígidamente administrado (lo ejemplifican escritos de Sade, A. Smith, Kant y Marx). Nosotros, los infra-finales de la filosofía y los post-finales de la historia, vamos experimentando el mundo, más allá del teatro y del burdel, como cárcel".

Los filósofos llamados post-modernos han reflexionado también sobre el presente y de su lectura se desprende un cuadro particularmente sombrío: el afianzamiento de la sociedad disciplinaria en Foucault o la aproximación al vacío en Baudrillard. Pero como en el caso de los rebeldes arriba comentados su pensamiento sigue dependiente de las posiciones centrales de la modernidad y su pensar no penetra en las profundidades de su tiempo y se queda en mera moda cultural. Otro representante ejemplar de estas modas intelectuales es el promocionado Fukuyama y no podemos resistir la tentación de trascribir el siguiente pasaje suyo:

El fin de la historia será una época muy mala (very sad). La lucha por el reconocimiento; la disposición a arriesgar la propia vida por una meta puramente abstracta; la lucha ideológica mundial que suscitaba intrepidez, coraje, imaginación e idealismo, serán reemplazadas por el cálculo económico, la resolución interminable de problemas técnicos, las cuestiones referidas al medio ambiente y la satisfacción de sofisticadas demandas de los consumidores. En el período post-histórico no habrá arte ni filosofía; sólo el perpetuo cuidado del museo de la historia humana.

Pero más allá de las insuficiencias de los post-modernos y del propio Fukuyama están diciendo algo notable: ya no cabe esperar demasiado la realización de la libertad (anunciada por Hegel) o el desarrollo de la plena sociedad científica (prevista por todos los visionarios del XVIII-XIX). Tras la larga noche del positivismo se empieza a contar las costillas al proyecto de la modernidad. Todo esto, por supuesto, provocará aún reacciones y así J. Habermas ha levantado su voz definiendo lo que él llama "el proyecto inconcluso de la modernidad" y, aún más, calificando al pensamiento de Foucault y otros de neo-conservador. Asimismo H. Boeder ha procurado, descartando la relevancia filosófica del post-modernismo, descifrar la "arquitectura racional de la modernidad". [Nota 313] Y si, en justicia, alguna crítica es posible dirigir contra ellos es haber dirigido su mirada hacia Nietzsche (caso de los posmodernos) o hacia un pseudo Hegel mediatizado por el profesor ruso Kojäve (caso de Fukuyama). De este modo la discusión sobre la modernidad ha girado en círculos, como todas las discusiones filosóficas. Para la crítica de la modernidad se recurre a dignos exponentes de la misma. La modernidad se encuentra pues, una vez más, reforzada.

Guénon se negó al típico juego de la filosofía occidental de los antecedentes y de las influencias. Por ello -como señalamos en la Introducción- en modo alguno puede ser asimilado a ninguno de los filósofos modernos. En cambio para describir y señalar los males de nuestra época dirigió su mirada a las profundidades de un saber primordial olvidado por los tiempos. 

 

Empezaremos por decir que la Masonería es una Orden Iniciática, Esotérica, Elitista y Caballeresca, lo que la confiere características propias que la distinguen de otras instituciones.

Pretende la evolución ética, moral y espiritual de sus miembros. Proclama al Gran Arquitecto del Universo como Principio Generador y como Símbolo Superior de su aspiración y construcción ética.

No prohíbe ni impone a sus miembros ninguna convicción o práctica religiosa.

El Grande Oriente Español, en su Constitución del año 1.934, declaraba:

La Francmasonería es un movimiento del espíritu, dentro del cual tienen cabida todas las tendencias y convicciones favorables al mejoramiento moral y material del género humano.

La Francmasonería no se hace órgano de ninguna tendencia política o social determinada. Su misión es la de estudiar desinteresadamente todos los problemas que conciernen a la vida de la humanidad para hacer su vida más fraternal.

La Francmasonería declara reconocer, por base de su trabajo, un principio superior e ideal, el cual es generalmente conocido por la denominación de Gran Arquitecto del Universo. No recomienda ni combate ninguna convicción religiosa, y añade que ni puede, ni debe, ni quiere poner límites, con afirmaciones dogmáticas sobre la Causa Suprema a las posibilidades de libre investigación de la verdad.

La Gran Logia de España, en el Preámbulo de su Constitución, vigente desde 1.999, dice:

La Francmasonería tiene su fundamento esencial en la fe en un Poder Supremo expresado bajo el nombre de Gran Arquitecto del Universo; sus principios se resumen en estas dos máximas: conócete y ama a tu prójimo como a ti mismo.

La Francmasonería es una asociación libre de hombres independientes, los cuales solo dependen de su conciencia y se dedican a poner en práctica un ideal de paz, amor y fraternidad.

Tiene como objetivo el perfeccionamiento moral de la humanidad y como medio de propagación de una  verdadera filantropía, con el empleo de costumbres y formas simbólicas.

Impone a todos sus miembros el respeto a las opiniones ajenas y les prohíbe toda discusión política o religiosa, a fin de constituir un centro permanente de unión fraternal. Los francmasones se reúnen en Logias con el fin de trabajar allí ritualmente, con celo y asiduidad, y solo admiten a hombres mayores de edad, creyentes, de buenas costumbres, gentes de honor, leales y dignos en todos los aspectos.

En las Logias se aprende a amar a la Patria, someterse a sus justas Leyes y respetar las Autoridades legítimamente constituidas; a considerar el trabajo como un deber esencial en el ser humano y en consecuencia, a honrarlo en todas sus formas.

Pero, más allá de conceptos que algunos podrían considerar poco concretos, la Masonería se constituye en una Orden que tiene como fin formar a sus miembros en el conocimiento y respeto de valores superiores basados en la verdad. Verdad que no se impone ni propone, sino a la que cada masón llega por el análisis y el conocimiento. La Masonería se constituye en una Orden que pretende la evolución ética, espiritual y moral de sus miembros y, a través de ellos y de su ejemplo individual y personal, la evolución ética, espiritual y moral de la humanidad.

La iniciación, única puerta de entrada a la Masonería, pretende abrir un proceso de cambios por los que el masón, dejando atrás cuanto le separa de su propio espíritu, adquiere conocimiento de su Ser interno y de su trascendencia; lo que le llevará a la búsqueda de la verdad. Mas la Masonería no impone ningún tipo de dogma o creencia. Propone, mediante símbolos y alegorías, más por la práctica de los Rituales, principios que deben ser analizados por el masón y, de su individual y personal análisis y comprensión, cada masón sacar las propias conclusiones. No quiere la Masonería aleccionar a sus adeptos, sino que cada masón llegue a la meta que para si mismo se fije, él, no otro. Quiere la Masonería que cada masón llegue a su verdad... a su propia e individual comprensión y conocimiento de la verdad. De ahí el sobrenombre de Librepensadores por el que son conocidos los masones.

Es la Masonería, pues, una Orden Iniciática. Por la iniciación y siguiendo el camino que solo ella abre a través de los diferentes grados en los que la Masonería escalona sus propuestas, es como el masón, rompiendo las cadenas que atan al hombre a lo animal, a lo puramente material, llega al conocimiento de su propio Ser interno y de su trascendencia. Es así como la Masonería, haciendo hombres mejores de hombres que ya eran buenos, libres y justos antes de ser iniciados, propicia que mediante el ejemplo de cada masón en su entorno familiar, social, laboral, etcétera, toda la humanidad en pleno evolucione positivamente.

La Masonería es esotérica en los términos precisos que define el Diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia Española.

Es esotérica porque a su conocimiento solo se llega por la iniciación, quedando oculto, reservado, para los no iniciados.

Es esotérica porque su conocimiento es de difícil acceso, no se da, no se imparten clases, el conocimiento que lleva a la verdad se adquiere mediante el estudio y la reflexión.

Es esotérica porque al igual que los filósofos de la antigüedad no comunicaban sus doctrinas sino a un corto número de sus discípulos, la Masonería mantiene velados sus conocimientos y los principios que propone por símbolos y alegorías y, a las claves de los unos y de las otras, solo se llega por la iniciación y la práctica de los rituales mediante los que se desarrolla el trabajo en las Logias.

Es esotérica porque sus principios y conocimientos solo se transmiten oralmente a los iniciados.

Pero, por ser una Orden iniciática y esotérica, la Masonería rechaza y condena el mal llamado ocultismo y todo el fraude a ingenuos, todo el fraudulento montaje económico de las supuestas mancias adivinatorias. La Masonería rechaza y condena a las sectas, iglesias y creencias que privan a sus miembros del libre albedrío, de la libertad de análisis y decisión. Y, si la Masonería no apoya a ninguna religión concreta, menos aun puede apoyar a los llamados cultos satánicos, al satanismo, el cual condena radicalmente.

La Masonería es una Orden Elitista, por que en sus filas militan las elites intelectuales del mundo entero, los hombres más avanzados espiritual y moralmente, aquellos que creen firmemente que el paso del hombre sobre la tierra transciende al simple hecho material y temporal; en suma, de la parte que el hombre tiene de animal, para sublimarse en lo que tiene de espiritual.  Sin olvidar que elites son todos aquellos, sea cual fuere su posición social o económica, que dejando atrás las pequeñas miserias humanas y los comprensibles egoísmos individualistas, dedican un poco de su tiempo a su desarrollo intelectual, espiritual y moral, poniendo su persona al servicio de la humanidad.

La Masonería es una Orden Caballeresca, no en los aspectos que se desprenden de una lectura exotérica y simplista de las viejas novelas de caballería y mucho menos aun en el sentido clasista. Lo es tomando el simbolismo profundo, esotérico, de los ideales de Camelot, Arturo y la Tabla Redonda; la búsqueda del Santo Grial, cuyo bellísimo simbolismo esotérico puede ser el norte del buscador de la Luz. Lo es porque ideal de vida caballeresco es la entrega desinteresada a las causas nobles, al servicio a la humanidad.

Así, la Masonería, por su espíritu caballeresco pudo ser inspiradora de la Revolución Francesa, en cuanto fin del Viejo Régimen, pues no puede menos que condenar el terror que desencadenó. Como antes lo fue de la Americana, en la que los 56 revolucionarios, padres de la patria, mayoritariamente masones; entre ellos George Washington, de la Gran Logia de Virginia; Benjamín Franklin, de la Gran Logia de Pennsylvania; Thomas Jefferson, de la Gran Logia de Virginia; John Adams, de la Gran Logia de Massachussets; John Quincy Adams, de la Gran Logia de Virginia, luego 6º Presidente; William Whipple, de la Gran Logia de New Hampshire; Benjamín Harrison, de la Gran Logia de Virginia; John Penn, de la Gran Logia de Carolina del Norte; Abraham Clark, de la Gran Logia de Nueva Jersey...  etcétera, proclamaron en 1776 la libertad de las 13 colonias, con una Declaración de Independencia de la que, por ser Masonería pura, sería difícil destacar un párrafo concreto, pero de la que recordaremos, entre otros muchos párrafos de igual mérito y contenido masónico:

 "Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales, que están dotados por un Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se cuentan el derecho a la vida, a la libertad y al alcance de la felicidad; que, para asegurar estos derechos, los hombres instituyen gobiernos, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma de gobierno llega a ser destructora de estos fines, es un derecho del pueblo cambiarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno, basado en esos principios y organizando su autoridad en la forma que el pueblo estime como la más conveniente para obtener su seguridad y su felicidad."

La Masonería mantiene y perpetúa entre sus miembros el espíritu caballeresco que informó la obra de los enciclopedistas y más tarde la de los ilustrados del siglo XIX, casi todos ellos masones. El de filósofos y pensadores, miembros de la Masonería, como Montesquieu, Voltaire y Rousseau. El de artífices de la emancipación de Hispanoamérica, como, por ejemplo y entre otros muchos, los masones San Martín, Bolívar y Martí. El de los también miembros de la Orden, Cavur, Garibaldi y Mazzini, héroes de la independencia y unidad italiana. El de músicos masones como el austriaco Mozart y el español Tomas Bretón. Poetas como Goethe o Moratin. Escritores como el inglés Kipling, el francés Stendhal y el español Blasco Ibáñez. Científicos como los doctores Santiago Ramón y Cajal y Alexander Fleming. Cirujanos como el Dr. Cristian Barnard, artífice en 1967 del primer trasplante de corazón a un ser humano. Descubridores e inventores como los españoles Isaac Peral y Juan de la Cierva o el francés Luis Lumiere. Políticos y estadistas como Práxedes Mateo Sagasta, Salvador Allende, Winston Churchil,  Benjamín Franklin. Hombres ilustres como Baden Powel, fundador de movimiento escultista o el antiesclavista Schoelcher. Actores como el británico Peter Sellers. O los promotores de la Sociedad de Naciones, que soñaban acabar con las guerras. El mismo espíritu caballeresco de entrega desinteresada a las nobles causas que guió a los inspiradores de la Unión Europea, con Monet a la cabeza. O a los padres del Consejo de Europa, masones la gran mayoría de ellos. Finalmente, ya como anécdota, con el mismo espíritu de Neil Amstrong, masón y primer hombre que pisó la Luna, sobre cuya superficie depositó una escuadra y un compás en recuerdo de su gesta.

En definitiva, el espíritu de los cientos de miles, millones de hombres que, desde sus ideales caballerescos y masónicos, mantienen a sus expensas y en silencio, sin subvenciones de ningún Estado, hospitales, asilos, universidades y escuelas.

Si debiéramos resaltar algo del espíritu de la Masonería, muy probablemente nos inclinaríamos por la autentica y profunda fraternidad que une a todos los masones del mundo entero, muy especialmente, claro está, a los miembros de una misma Gran Logia y, mucho más aun, a los de una misma Logia. Pero aun siendo muy importante no es ese el fin primordial de la Masonería, pues para ese tipo de fines ya están muchas y prestigiosas instituciones profanas.

Mucho más allá de ese principio de fraternidad universal, de indudable importancia y valor humanístico, e incluso iniciático, principio de auténtica fraternidad que llevaría a tener la filantropía como uno de los medios de los que podría valerse para alcanzar los propósitos que la animan, la Masonería tiene fines que mantiene muy presentes, siendo la síntesis de todos ellos cambiar el mundo. Esa es la meta final que se propone alcanzar, ese es el fin que constituye el auténtico Ser y existir de la propia Masonería. Dicho así, sin circunloquios ni palabrería vana, que oculten la realidad.

Pero ese fin no tiene connotaciones que lo liguen a lo profano, a lo prosaico, a intereses materiales, a bajas pasiones y aspiraciones que, si pudiesen ser admisibles en el mundo profano, en ninguna forma pueden llegar a serlo, ni como medio, ni como fin, para la Masonería. Porque cuando un masón afirma que la Masonería pretende cambiar el mundo, se está refiriendo a que la Masonería trabaja para hacer evolucionar ética, espiritual y moralmente a la humanidad, a partir de los principios que constituyen su Ser y de los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad que defiende.

En los proclamados fines más en los métodos para alcanzarlos, es en lo que la Masonería se diferencia de otras meritísimas instituciones que también tienen como objetivo el desarrollo de la humanidad. El peculiar sistema de trabajo personal e individual que la caracteriza, muy alejado de la acción institucional sobre la sociedad, la marca e individualiza.

No siendo, como no lo son, fines de la Masonería participar en forma alguna en política, ni en negocios, ni en ninguna otra actividad profana, La Orden Masónica centra sus esfuerzos en llevar a los masones a las condiciones espirituales, éticas y morales que les permitan trabajar en pos de alcanzar los fines que sí le son propios a nuestra Orden. Para ello la Masonería pone a disposición de sus miembros todos los medios necesarios «de orden iniciático, esotérico y simbólico» para que –individualmente y por el trabajo personal que cada uno sea capaz de realizar en sí mismo, más en la intimidad de las Logias auxiliándose siempre los unos a los otros– puedan avanzar a través del sistema reglado y graduado que caracteriza a la Masonería, teniendo como meta final cambiar el mundo.

Una vez logrados estos significativos avances por el camino iniciático, será cada masón el que con su ejemplo personal e individual influirá en los entornos familiar, profesional y social al que pertenezca; trasmitiendo así a la sociedad profana –mediante el ejemplo de una vida ordenada, respetuosa con las leyes y con los derechos de los demás y entregada a ideales legítimos y nobles– las enseñanzas recibidas a través de los principios proclamados por la Masonería.

Mas, el profundo arcano de la Masonería no se revela efectivamente, si no a los que llegan a ser auténticos masones, a aquellos que siguen con perseverancia el camino iniciático y se entregan a la Masonería sin ningún tipo de reservas, y sin más ambiciones humanas que las legítimas de lograr convertirse en auténticos iniciados; es decir, en obreros iluminados al servicio de la Inteligencia Constructora del Universo, la cual debe de manifestarse en el masón como una verdadera Luz que alumbra, desde un punto de vista superior, todos sus pensamientos, palabras y acciones.

En alguna forma masón –lato sensu– se nace. Porque ser masón significa participar de una condición espiritual especial, inconfundible e intransmisible, que aflora tras la iniciación y la identificación del iniciado con su propio ser interno y, a través de él con el Trazado realizado para la Humanidad por el Gran Arquitecto del Universo.

La Masonería, como Institución ético jurídica, Alta Cátedra Moral desde la que emanan los grandes principios y formulaciones al servicio de la Humanidad, confiere las características visibles de masón a aquellos que ya eran, potencialmente, portadores del Espíritu Iniciático; proporcionándoles los medios necesarios para cultivar su intelecto y su espíritu, mediante el estudio de determinados símbolos y la practica consciente de los Rituales. Unos y otros encierran un profundo significado esotérico, que es la llave que abre las puertas del conocimiento y la clave para que cada masón logre profundizar en lo más profundo de su corazón.

Dicho esto, únicamente queda proclamar que solamente se es masón “stricto sensu” si se profesan los principios iniciáticos, se cultiva el esoterismo y, en lo que corresponda, el conocimiento exotérico; si se tiene firmemente asentado el sentido de la responsabilidad individual, como confirmación del Espíritu Caballeresco con el que el masón debe de desempeñar su misión en el mundo profano.

La Masonería Regular profesa inderogablemente el espiritualismo y rechaza el materialismo y el racionalismo ateo; por ello, la Luz de la Razón que informa el Ideal Masónico, se legitima al emanar del Conocimiento Iniciático. Así, repetimos, la Masonería es una Orden iniciática, esotérica y caballeresca y, por lo tanto, elitista.

Es por ello que a la hora de admitir nuevos miembros, la Masonería está muy atenta a que no se infiltren aquellos que, por su poca formación espiritual, moral, cultural o humanista, puedan significar un freno en el desarrollo individual o colectivo. También está obligada a tener en cuenta la situación social y económica de los posibles candidatos; los cuales, además de, y esto es condición sine qua non, disponer de medios para mantener dignamente a su familia, han de disponer también de unos pequeños medios materiales para contribuir al sostenimiento y crecimiento de la Orden y, aun les ha de sobrar alguna cantidad para obras filantrópicas, de acuerdo con los viejos principios. Sin que lo dicho signifique, en absoluto, que en los criterios de selección intervengan conceptos mercantilistas, tan alejados del pensamiento y actitud masónicas.

Pero no podemos dejar de tener presente a la hora de admitir nuevos miembros, que la primera obligación del Hombre es para sí y para con su familia, y que solo una vez que ha cubierto dignamente sus propias necesidades y las de los suyos, podría, legítimamente, pensar en entregarse a otras causas.

Por lo demás, las contribuciones que en forma de cuotas periódicas cada masón satisface a través de su Logia, por su importe no van más allá de una pequeña cantidad mensual fácilmente asumible por cualquier persona que disponga de un puesto de trabajo, en el que perciba un salario de tipo medio y, en todo caso, de cuantía nunca superior a la que se gasta habitualmente en tomar unas cervezas con los amigos.

En todo caso, no debemos olvidar que garantizados los mínimos admisibles, y sentado que es obligación de todos los masones atender al sostenimiento de la Orden, a la Masonería no le interesa el dinero ni la posición que puedan tener sus miembros o aspirantes a serlo. Solo le interesan las cualidades humanas y la voluntad de crecer espiritual, ética y moralmente a través del camino iniciático.  

Si tras lo dicho cualquier posible lector de estas líneas desea saber algo más sobre la Masonería, no dude en escribirnos, con mucho gusto le atenderemos.