img.quarter.26Extracto de la obra de René Guénon

¿Quién fue René Guénon?

René Guénon, de Daniel Bonet, Cielo y Tierra, nº 5, 1983.

"El estudio de las doctrinas esotéricas en el Occidente contemporáneo tiene en René Guénon a una de sus figuras más destacadas. Incluso podría afirmarse que el enfoque de estas cuestiones admite una clara distinción entre un antes y un después de la obra guenoniana. Su labor principal consiste en haber realizado una necesaria síntesis clarificadora de lo que representa el verdadero esoterismo.

(...) Dentro de su labor esclarecedora, el principal tema a considerar es la idea de Tradición, que para Guénon no es un concepto
meramente histórico (sería ésta la idea de "tradicionalismo"). Lo que el término Tradición expresa es la relación de lo humano con la Verdad Divina, ya se trate del ser humano individual o de la colectividad social que lo engloba. Distingue asimismo entre la
Tradición Primordial, situable (metahistóricamente) en el origen mismo del actual Ciclo humano y las distintas formas tradicionales
derivadas de aquélla primera por transmisión (recordemos que "Tradición" viene del verbo latino Tradere: transmitir), e históricamente localizables, aunque de carácter trascedente.

Las implicaciones de esta perspectiva son complejas y de gran interés. Destaca en primer lugar la idea de Universalidad. Ya que no sólo se trata de hacer referencia a la Verdad Universal común a todas las tradiciones espirituales (los datos aportados por Guénon son conformes a las enseñanzas de esas tradiciones), sino de mostrar cómo esa verdad no puede ser directamente captada por la razón (individual), pero sí mediante la intuición intelectual (suprarracional y universal), noción ésta de raigambre platónica y casi olvidada en nuestra época.

En resumen, pues, toda Tradición sagrada sería, por origen y esencia, de carácter "no humano".

Cabe distinguir por otra parte (con más o menos precisión) en toda tradición ortodoxa, un aspecto exterior (exotérico) y otro interior (esotérico) que refieren especialmente las doctrinas metafísicas. La iniciación es una vinculación espiritual de carácter esotérico y tradicional de la que también se han ocupado los escritos guenonianos.

Otra de sus grandes aportaciones son los estudios sobre Simbolismo. Esto es comprensible teniendo en cuenta que los símbolos son el lenguaje metafísico por excelencia, dada su capacidad mediadora entre el mundo sensible y el intelectual, y su polivalencia capaz de abarcar los distintos órdenes de la Realidad.

Junto al Testimonio de los Principios tradicionales, es comprensible su implacable crítica del mundo "moderno", el cual supone el triunfo de lo cuantitativo, del materialismo y de la pseudoespiritualidad. Un mundo donde, en definitiva, prevalece el punto de vista profano: la noche se cierne sobre la presente humanidad y, en medio de gran confusión, se anuncia el alba de un nuevo ciclo humano.

El gran mérito de René Guénon estriba en haber sido testigo, en nuestro tiempo, del Reino del Espíritu, de la Tradición que, en sus propias palabras es "perpetua y unánime" (...) Su misión (su "función") ha consistido en transmitir y comentar a través de sus
libros las Doctrinas metafísicas tradicionales, no en aportar una enseñanza práctica (como Maestro espiritual). Ha sido, en ese
sentido, el gran y riguroso "teórico" (Theoría, "contemplación" en griego) que nos ha recordado la realidad de lo trascendente e
inexpresable, el valor de la interioridad y la contemplación. "No tengo otro mérito que el haber expresado lo mejor que he podido
ciertas ideas tradicionales", afirmaría Guénon."

 

La vida simple de René Guénon, de Paul Chacornac (Ediciones Obelisco, 1987).

"Prólogo".

"Vamos a hablar de un hombre extraordinario en el sentido más estricto de la palabra. Pues no es posible definirlo ni "clasificarlo".

Aunque no fue un orientalista, nadie mejor que él conocía el Oriente. No fue un historiador de religiones, aunque supo, más que nadie, hacer salir a la luz el fondo que todas tienen en común y la diferencia de sus perspectivas. Tampoco fue un sociólogo, aunque nadie analizó con más profundidad las causas y los males que padece hoy día la sociedad moderna y por las cuales perecerá sin duda, si no se aplican los remedios que él indicó. No fue un poeta, aunque un adversario suyo reconoció que su obra era como un encantamiento capaz de satisfacer la imaginación más exigente. No fue un ocultista, aunque abordara temas que antes que él se englobaban bajo la denominación de ocultismo. Y sobre todo no era un filósofo, a pesar de haber enseñado filosofía y haber sabido demostrar la inanidad de los sistemas filosóficos cuando los encontró en su camino.

Se podría decir que fue un metafísico. Pero la metafísica que él exponía tenía muy poco que ver con la de los manuales, así es
que no podemos calificarlo como tal, sin provocar un grave malentendido. A parte de esto, él mismo escribió que no podía aplicársele ninguna de las etiquetas habituales en el mundo occidental.

Este hombre extraordinario por su inteligencia y su saber fue, durante toda su vida, un hombre oscuro. Jamás ocultó un puesto
oficial; sus obras no conocieron nunca las grandes tiradas editoriales y tampoco figuraron en las revistas importantes. A veces
se ha dicho que a su alrededor se hizo la conspiración del silencio. Quizá. De todos modos él nunca hizo nada para romperla y ciertamente no le disgustaba".

René Guénon, el último metafísico de Occidente, de Armando Asti Vera, en el estudio preliminar de la edición del libro de René Guénon, en Editorial Universitaria de Buenos Aires, Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, 1988.

"Mucho menos peligroso y comprometedor que enfrentar en el campo de la polémica a un adversario de la erudición y la penetrante inteligencia de Guénon, es correr sobre su nombre y su obra un velo de silencio. La consigna parece haber sido no discutirlo y, por supuesto, tampoco citarlo. Ésta ha sido la actitud más corriente de quienes tenían la obligación de expedirse acerca de una obra intelectual cumplida a lo largo de treinta años.

Múltiples son las razones de esta permanente hostilidad hacia el hombre y su obra, y entre otras razones las hay de orden personal y general. Las primeras no pueden haber sido numerosas ni importantes, porque quienes le conocieron elogiaron sin reservas su natural bonhomía y su generosidad y, además, los veinte últimos años de su existencia transcurrieron en su voluntario exilio de El Cairo.

Veamos algunas de las razones de orden general:

1. Su implacable crítica a la civilización occidental y, en particular, al mundo moderno, intolerable para los representantes del "modernismo"

2. Su denuncia del cientificismo de nuestro tiempo -al que llamó "el reino de la cantidad"- como resultante del carácter anormal
(por "no decir monstruoso" -agregaba-) de la civilización occidental.

3. Sus estudios sobre el neoespiritualismo contemporáneo, sobre todo el teosofismo y el espiritismo.

4. Su aristocracia espiritual reflejada en la tesis de que la salvación de Occidente requiere la formación de una elite intelectual, que provocaría la reacción de quienes han sido fascinados por la industria, la tecnología y la divulgación científica con sus medios masivos de comunicación.

5. Su crítica al orientalismo academicista y a sus métodos (la erudición, el método histórico y la filología), considerados como deformadores del auténtico pensamiento de Oriente.

6. Sus estudios sobre la masonería tradicional (que perdió a partir del siglo XVIII su carácter operativo para convertirse en      masonería especulativa) en los que criticó duramente el progresismo y el culto de la razón que priva en las modernas organizaciones masónicas.

7. Sus estudios sobre los aspectos esotéricos del cristianismo y su tesis de que la Iglesia católica podía constituirse en el medio adecuado para realizar en su seno el reencuentro de Occidente con los principios trascendentes tradicionales. Su prédica para que el catolicismo recupere su perdida dimensión metafísica (esotérica) suscitó reacciones en el modernismo católico hasta el punto de obligarle a interrumpir su labor en la revista católica Regnabit.

8. Sus estudios sobre el simbolismo tradicional de Oriente y Occidente -reunidos posteriormente en sus libros El simbolismo de la cruz y Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada-, incomprensibles para los hombres de una época que ha perdido la "mentalidad simbólica".

 

Los templarios, según René Guénon

La acusación de herejía achacada por el rey francés Felipe el Hermoso contra la Orden del Temple fue un pretexto "para provocar la ruina de adversarios que estimaba tanto más temibles cuanto más difícil era obtener el mismo fin mediante medios ordinarios" (El esoterismo de Dante). La asociación de la Fede Santa, de la que Dante aparentemente fue uno de sus jefes, "era como organización una tercera orden de filiación templaria" (El esoterismo de Dante).

De la doctrina de Ibn al Arabi "derivan directamente varias de las principales Órdenes iniciáticas del Islam, las de mayor jerarquía y las más cerradas", las cuales se relacionaron en el siglo XIII con las Órdenes de caballería", especialmente con la Orden del Temple, lo cual explica el aparente influjo de las doctrinas de Ibn al Arabi en la Divina Comedia de Dante D´Alighieri (El esoterismo de Dante).

La función iniciática de la "Caballería del Santo Grial" o de los "Guardianes de la Tierra Santa" (símbolo ésta del Centro Espiritual Principal de su época) correspondió a los templarios.

Ellos guardaban la "puerta" de entrada al Centro (que se hallaba en Oriente): por un lado vedaban su acceso a los que no estaban cualificados y, por otra parte, eran como canales de transmisión regular entre el Centro y el mundo exterior, de ahí que fueran monjes-caballeros, porque en el Centro el poder temporal y la autoridad religiosa confluyen en un mismo principio común. En esta segunda función, Guénon destaca especialmente la misión templaria de "mantener el vínculo entre la Tradición Primordial y las tradiciones secundarias derivadas" y, dado el contexto de la Edad Media, la forma exterior de una Orden de Monjes y Caballeros era la más idónea, circunstancia que les permitió relacionarse con algunas organizaciones orientales iniciáticas (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).

"Por otra parte, puede comprenderse, en tales condiciones, que la destrucción de la Orden del Temple haya traído aparejada para Occidente la ruptura de las relaciones regulares con el "Centro del Mundo"; y, en efecto, al siglo XIV debe hacerse remontar la desviación que debía resultar inevitablemente de tal ruptura, y que ha ido acentuándose gradualmente hasta nuestra época" (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).

Las relaciones fueron extinguiéndose gradualmente, manteniéndose durante un tiempo merced a organizaciones derivadas del Temple, como la Fede Santa o los Fieles de Amor y la Massenie del Santo Grial, así como con los Rosacruces (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada). El Compañerismo (Compagnonnage) y la Masonería tendrían, asimismo, una vinculación esotérica con el Temple.

El grito de guerra de los Templarios era: "Vive Dios Santo Amor", siendo el A-Mor la vía más apta para los kshátriyas (guerreros) y, por lo tanto, para los templarios (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).

El control ejercido por la autoridad espiritual sobre la moneda subsistió en Occidente hasta la extinción de la Orden del Temple (Autorité spirituelle et pouvoir temporel, y El reino de la cantidad y los signos de los tiempos). Hasta entonces habían sido portadoras de símbolos tradicionales, "escogidos incluso entre aquellos que presentan un significado profundo" y tenía, por tanto, un carácter sagrado.

Parece ser que, después de la destrucción de la Orden del Temple, los iniciados del esoterismo cristiano se reorganizaron, de acuerdo con los iniciados del esoterismo islámico, para mantener, dentro de lo posible, el lazo que aparentemente había sido roto tras esta destrucción; pero esta reorganización debió hacerse de una manera muy oculta, invisible, sin tomar su apoyo en ninguna institución conocida exteriormente y que, como tal, había podido ser destruida una vez más. Los verdaderos Rosacruces fueron los inspiradores de esta reorganización" (Consideraciones sobre la Iniciación).

La alquimia en René Guénon

El proceso iniciático y la Gran Obra hermética (la alquimia) "no son más que una sola y misma cosa: la conquista de la Luz divina que es la única esencia de toda espiritualidad" (Consideraciones sobre la Iniciación).

La alquimia es la aplicación del hermetismo, el cual, como doctrina, es una tradición iniciática de origen egipcio, "revestida después de una forma helenizada, en la época alejandrina, y transmitida bajo esta forma en la Edad Media al mundo islámico y al cristiano a la vez, y al segundo por intercesión del primero".

La alquimia, por otro lado, "tiene su exacta correspondencia en doctrinas como las de la India, Tíbet y China, pero con modos de expresión y métodos de realización bastante diferenciados" (Consideraciones sobre la Iniciación).

El hermetismo, como doctrina está relacionada con Hermes-Thoth, símbolos del "principio de inspiración suprahumano sobre el cual tenía su autoridad el sacerdote egipcio y en nombre del cual formulaba y comunicaba el conocimiento iniciático" (Consideraciones sobre la Iniciación).

- El hermetismo es una Iniciación Real, no Sacerdotal, propia del conocimiento del orden cosmológico, pero no del metafísico, en el que se da "el conocimiento de lo que podemos llamar el "mundo intermediario", es decir, el dominio de la manifestación sutil donde se hayan los prolongamientos extracorporales de la individualidad humana, o las mismas posibilidades cuyo desarrollo concierte a los Pequeños Misterios" (Consideraciones sobre la Iniciación).

"La alquimia, que podría definirse algo así como la "técnica" del hermetismo, es también "un arte real", si se entiende por ello una manera de iniciación más apropiada a la naturales de los kshatriyas, pero esto señala su lugar exacto en el conjunto de una tradición regularmente constituida, y, además, no hay que confundir los medios de una realización iniciática, cualesquiera que puedan ser éstos, con su objetivo, que siempre es de conocimiento puro" (Consideraciones sobre la Iniciación).

Su concepción metafísica de los estados múltiples del ser es importante y hay que tenerla en cuenta: "los profanos, en general, pretenden hacer del hombre individual, e incluso de su única modalidad corporal, un todo completo y cerrado, que se basta a sí mismo, en lugar de ver lo que es en realidad: la manifestación contingente y transitoria de un ser en un dominio muy particular entre la multitud indefinida de los que en conjunto constituyen la Existencia universal, y que se corresponden, para ese mismo ser, con modalidades y estados diferentes, de los cuales le será posible tomar conciencia según la vía que se le abre mediante la iniciación" (Consideraciones sobre la Iniciación).

- "Otro punto sobre el que hay que insistir, es la naturaleza puramente "interior" de la verdadera alquimia, que es de orden psíquico cuando se la toma en su aplicación más inmediata, y de orden espiritual cuando se transpone en su sentido superior; es esto lo que le da todo el valor desde el punto de vista iniciático.

Esta alquimia no tiene nada que ver con las operaciones materiales de cualquier "química", en el sentido actual de la palabra (...) Esto no quiere decir que sea necesario negar por ello la posibilidad de las transmutaciones metálicas, que representan la alquimia a los ojos vulgares; pero hay que reducirlo a su justa importancia, que no es mayor que la de las experiencias "científicas", y que no hay que confundir cosas de un orden totalmente diferente; no vemos a priori por qué no puede suceder que tales transmutaciones sean realizadas por procedimientos de la química profana. Hay, por tanto, otro aspecto del asunto: el ser que llega a la realización de ciertos estados interiores puede producir, en virtud de la realización analógica del "microcosmos" con el "macrocosmos", los efectos exteriores correspondientes; es pues perfectamente admisible que el que llega a un grado determinado en la práctica de la alquimia "interior" sea capaz por ello de cumplir incluso transmutaciones metálicas u otras cosas del mismo orden, pero esto a título de consecuencia totalmente accidental, y sin recurrir a ninguno de los procedimientos de la pseudo-alquimia material, sino únicamente mediante una especie de proyección hacia fuera de las energías que lleva en sí mismo. Hay aún una distinción esencial por hacer: puede que sólo se trate de una obra de orden psíquico, es decir de una puesta en acción de influencias sutiles pertenecientes al dominio de la individualidad humana, y entonces también es alquimia material, si se quiere, pero operando a través de medios diferentes a los de la pseudo-alquimia, que sólo se relaciona con el dominio corporal

Para un ser que haya alcanzado un grado de realización mayor, puede tratarse de una acción exterior de las verdaderas influencias espirituales (...) Lo que nunca hay que perder de  vista es que toda realización digna de este nombre es de orden esencialmente interior, incluso si ella es susceptible de tener en el exterior repercusiones de cualquier género.

El hombre sólo puede encontrar los principios en él mismo, y lo puede hacer porque lleva consigo una correspondencia de todo lo que existe, pues no hay que olvidar que, según una fórmula del exoterismo islámico, "el hombre es el símbolo de la Existencia Universal"; y si llega a penetrar hasta el centro de su ser, alcanzará entonces el conocimiento total, con todo lo que además esto implica pues "quien conoce su Sí-Mismo, conoce a su Señor" y conoce entonces todas las cosas en la suprema unidad del Principio mismo, en el cual está contenida "eminentemente" toda realidad" (Consideraciones sobre la Iniciación).

"La verdadera alquimia era esencialmente una ciencia de orden cosmológico y, al mismo tiempo, era también aplicable al orden humano, en virtud de la analogía del "macrocosmos" y el "microcosmos"; además, estaba constituida expresamente en vías de permitir una transposición al dominio puramente espiritual, que confería a sus enseñanzas un valor simbólico y una significación superior, y que hacía de ella uno de los tipos más completos de las "ciencias tradicionales" (La Crisis del Mundo Moderno).

"Conviene resaltar que la alquimia, propiamente dicha, se detenía en el "mundo intermediario", ateniéndose al punto de vista que podríamos llamar "cosmológico", mas su simbolismo no dejaba por ello de ser susceptible de una transposición que le confería un valor verdaderamente espiritual e iniciático" (El reino de la cantidad y los signos de los tiempos).

La Nigredo o "Putrefacción", es el inicio de la "Gran Obra (La Crisis del Mundo Moderno). La "Nigredo" es un "descenso a los infiernos" que corresponde con la primera muerte iniciática que implica necesariamente la muerte al mundo profano, a la individualidad profana, y que conduce al segundo nacimiento, el cual no es sino el primer nivel de la iniciación, en el que tendrá lugar una regeneración psíquica que dará paso al orden espiritual (Consideraciones sobre la Iniciación).

El segundo nacimiento trae consigo el surgimiento "de un principio espiritual en el centro de la individualidad humana, que tal como se sabe, está simbolizado por el corazón". Guénon aclara a continuación que "a decir verdad, este principio reside siempre en el centro de todo ser, pero en el caso del hombre ordinario sólo se encuentra en estado latente y es con el "segundo nacimiento" cuando se inicia el punto de partida para su desarrollo efectivo". Por lo tanto, en la concepción guenoniana, será la influencia espiritual que aporta la iniciación (la cual comienza con este "segundo nacimiento", dado que lo anterior no es sino una fase de "purificaciones" previas) lo que vivifique tal potencialidad y haga "actual". (Consideraciones sobre la Iniciación). El "segundo nacimiento" es, pues, una regeneración psíquica "que se opera en el dominio de las posibilidades sutiles de la individualidad humana" (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).

Después vendrá una segunda muerte iniciática para alcanzar el tercer nacimiento o resurrección. Esta "segunda muerte" no es sino una "muerte psíquica": "Las posibilidades ya desarrolladas y adquiridas de una vez por todas, deberán encontrarse después de este paso, pero "transformadas", de una manera análoga a como el "cuerpo glorificado" o "cuerpo de resurrección" representan la transformación de las posibilidades humanas, más allá de las condiciones limitadoras que definen el modo de existencia de la individualidad como tal" (Consideraciones sobre la Iniciación). El "tercer nacimiento" sería, alquímicamente, una sublimación.

"La realización del perfecto equilibrio de la individualidad, implicando la completa neutralización de todas las tendencias opuestas que actúan en ella, pues la fijación en su mismo centro, único punto donde estas oposiciones cesan de manifestarse, equivale en sí, pura y simplemente, a la restauración del estado primordial" (Consideraciones sobre la Iniciación), que es la finalidad de los Pequeños Misterios y que en el tantrismo tiene lugar en el sexto chakra, el del tercer ojo (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada y Consideraciones sobre la Iniciación).

La búsqueda de una inmortalidad corporal es ilusoria. En la alquimia se busca la Piedra Filosofal que es, al mismo tiempo, el "elixir de la larga vida" y la "medicina universal", así que en la búsqueda de la inmortalidad alquimista hay que considerar otro significado, cual es el de la transmutación, la cual se sitúa en el plano de los Pequeños Misterios y que difiere de la transformación Ésta última, si nos atenemos a su sentido estrictamente etimológico, nos revela que es un "paso más allá de la forma", es decir, a un estado supraindividual, cuya realización tiene lugar en la iniciación de los Grandes Misterios o Iniciación Sacerdotal. En este sentido, el cuerpo "transformado" supondrá "la posibilidad corporal liberada de las condiciones limitativas a las que está sometida en cuanto a su existencia individual, encontrándose entonces en una realización total del ser", que no es sino lo que intenta expresar el simbolismo de la "resurrección" y del "cuerpo glorioso", en sentido estricto, símbolos que, en sentido relativo también puede aplicarse a la "transmutación", aunque a otro nivel. En la transmutación se da un cambio de estado formal en el ser humano sin salirse del plano individualizado de las formas, lo que puede conducir a diversas posibilidades de orden extracorporal, merced al cual "los elementos que constituyen el cuerpo pueden ser "transmutados" y "sutilizados" de forma que se transfieren a una modalidad extracorporal, en la que el ser podrá existir desde entonces en condiciones menos estrechamente limitadas que las del dominio corporal, sobre todo en lo relacionado con la longevidad". "En tal caso –prosigue Guénon- el ser desaparecerá en un momento determinado sin dejar detrás de él ninguna huella de su cuerpo; en circunstancias particulares, podrá reaparecer temporalmente en el mundo corporal, en razón de las interferencias" que existen entre éste y las otras modalidades del estado humano (...) No hay que ver en esto nada de "trascendente" en el verdadero sentido de la palabra, ya que no se trata más que de posibilidades humanas, cuya realización, por lo demás, no puede tener interés excepto para un ser que ha de cumplir alguna "misión" especial; fuera de este caso, esto sólo sería una simple "digresión" en el transcurso del proceso iniciático", y una detención más o menos prolongada sobre la vía que debe llevarse para la restauración del Estado Primordial" (Consideraciones sobre la Iniciación).

El athanor, que es el vaso donde se cumple la Gran Obra, que puede derivar etimológicamente del griego athánatos, "inmortal", es el corazón en cuanto centro del ser, y símbolo del "Huevo" y del "Corazón del Mundo", de la "Morada de la Inmortalidad" y de la "Cueva Iniciática". El fuego invisible y perpetuo que hay dentro del athanor "corresponde al calor vital que reside en el corazón. La abertura en el cuello del athanor expresa herméticamente lo mismo que el séptimo chakra del tantrismo, expresado arquitectónicamente por la sumidad de la bóveda. Recordemos, por otro lado, que mientras que en arquitectura la obra concluye con la "piedra angular", en la alquimia el fin es la piedra filosofal (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).

En el rocío celeste, como en el signo invertido del azufre filosofal, hay que ver "el descenso de los influjos espirituales al 'mundo de abajo'" (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).

En el hermetismo, el sol y la luna (o sus equivalentes alquímicos, el oro y la plata) representan "los dos principios, activo y pasivo, o masculino y femenino según otro modo de expresión, que constituyen ciertamente los dos términos de un verdadero complementarismo... Por otra parte, debe señalarse que, en cierto aspecto, cada uno de los dos términos puede polarizarse a su vez en activo y pasivo, de donde las figuraciones de sol y de la luna como andróginos" (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).

En el simbolismo alquímico, la rosa de cinco pétalos situada en el centro de la cruz (el cual nos remite al cuaternio de los elementos) expresa la quintaesencia (Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada)

El ternario del espíritu, alma y cuerpo se equipara, alquímicamente hablando, con el Azufre, Mercurio y Sal. El primero siempre es visto como un principio activo o masculino, mientras que el segundo es considerado como un principio pasivo o femenino, mientras que la Sal "es neutra en cierto modo, como se corresponde al producto de los dos complementarios, en el cual se equilibran las tendencias inversas inherentes a sus naturalezas respectivas". El Azufre es un principio ígneo, de actividad interior, "que se considera que se irradia a partir del centro mismo del ser", es una influencia celestial"; es el yang del taoísmo (pág. 102). El Mercurio es un principio húmedo, proviene del exterior siendo por ello una "fuerza centrípeta y comprensiva, que se opone a la acción centrífuga y expansiva del Azufre y en cierta manera la limita", es el yin del taoísmo, y se le vincula a las influencias terrenales, si bien se sitúa en la esfera sutil o anímica del ser humano (pág. 103); como principio "anímico" corresponde al "mundo intermedio". La Sal es el punto donde confluyen ambas fuerzas, simbolizando por tanto la estabilidad, siendo representada en la Masonería por la piedra cúbica, constituyéndose en un elemento mediador al ser su resultante y encontrarse en el límite de los dos ámbitos "interior" y "exterior". En otro sentido más profundo, la Sal simboliza incluso la individualidad íntegra del ser humano (La Gran Tríada).

 

Empezaremos por decir que la Masonería es una Orden Iniciática, Esotérica, Elitista y Caballeresca, lo que la confiere características propias que la distinguen de otras instituciones.

Pretende la evolución ética, moral y espiritual de sus miembros. Proclama al Gran Arquitecto del Universo como Principio Generador y como Símbolo Superior de su aspiración y construcción ética.

No prohíbe ni impone a sus miembros ninguna convicción o práctica religiosa.

El Grande Oriente Español, en su Constitución del año 1.934, declaraba:

La Francmasonería es un movimiento del espíritu, dentro del cual tienen cabida todas las tendencias y convicciones favorables al mejoramiento moral y material del género humano.

La Francmasonería no se hace órgano de ninguna tendencia política o social determinada. Su misión es la de estudiar desinteresadamente todos los problemas que conciernen a la vida de la humanidad para hacer su vida más fraternal.

La Francmasonería declara reconocer, por base de su trabajo, un principio superior e ideal, el cual es generalmente conocido por la denominación de Gran Arquitecto del Universo. No recomienda ni combate ninguna convicción religiosa, y añade que ni puede, ni debe, ni quiere poner límites, con afirmaciones dogmáticas sobre la Causa Suprema a las posibilidades de libre investigación de la verdad.

La Gran Logia de España, en el Preámbulo de su Constitución, vigente desde 1.999, dice:

La Francmasonería tiene su fundamento esencial en la fe en un Poder Supremo expresado bajo el nombre de Gran Arquitecto del Universo; sus principios se resumen en estas dos máximas: conócete y ama a tu prójimo como a ti mismo.

La Francmasonería es una asociación libre de hombres independientes, los cuales solo dependen de su conciencia y se dedican a poner en práctica un ideal de paz, amor y fraternidad.

Tiene como objetivo el perfeccionamiento moral de la humanidad y como medio de propagación de una  verdadera filantropía, con el empleo de costumbres y formas simbólicas.

Impone a todos sus miembros el respeto a las opiniones ajenas y les prohíbe toda discusión política o religiosa, a fin de constituir un centro permanente de unión fraternal. Los francmasones se reúnen en Logias con el fin de trabajar allí ritualmente, con celo y asiduidad, y solo admiten a hombres mayores de edad, creyentes, de buenas costumbres, gentes de honor, leales y dignos en todos los aspectos.

En las Logias se aprende a amar a la Patria, someterse a sus justas Leyes y respetar las Autoridades legítimamente constituidas; a considerar el trabajo como un deber esencial en el ser humano y en consecuencia, a honrarlo en todas sus formas.

Pero, más allá de conceptos que algunos podrían considerar poco concretos, la Masonería se constituye en una Orden que tiene como fin formar a sus miembros en el conocimiento y respeto de valores superiores basados en la verdad. Verdad que no se impone ni propone, sino a la que cada masón llega por el análisis y el conocimiento. La Masonería se constituye en una Orden que pretende la evolución ética, espiritual y moral de sus miembros y, a través de ellos y de su ejemplo individual y personal, la evolución ética, espiritual y moral de la humanidad.

La iniciación, única puerta de entrada a la Masonería, pretende abrir un proceso de cambios por los que el masón, dejando atrás cuanto le separa de su propio espíritu, adquiere conocimiento de su Ser interno y de su trascendencia; lo que le llevará a la búsqueda de la verdad. Mas la Masonería no impone ningún tipo de dogma o creencia. Propone, mediante símbolos y alegorías, más por la práctica de los Rituales, principios que deben ser analizados por el masón y, de su individual y personal análisis y comprensión, cada masón sacar las propias conclusiones. No quiere la Masonería aleccionar a sus adeptos, sino que cada masón llegue a la meta que para si mismo se fije, él, no otro. Quiere la Masonería que cada masón llegue a su verdad... a su propia e individual comprensión y conocimiento de la verdad. De ahí el sobrenombre de Librepensadores por el que son conocidos los masones.

Es la Masonería, pues, una Orden Iniciática. Por la iniciación y siguiendo el camino que solo ella abre a través de los diferentes grados en los que la Masonería escalona sus propuestas, es como el masón, rompiendo las cadenas que atan al hombre a lo animal, a lo puramente material, llega al conocimiento de su propio Ser interno y de su trascendencia. Es así como la Masonería, haciendo hombres mejores de hombres que ya eran buenos, libres y justos antes de ser iniciados, propicia que mediante el ejemplo de cada masón en su entorno familiar, social, laboral, etcétera, toda la humanidad en pleno evolucione positivamente.

La Masonería es esotérica en los términos precisos que define el Diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia Española.

Es esotérica porque a su conocimiento solo se llega por la iniciación, quedando oculto, reservado, para los no iniciados.

Es esotérica porque su conocimiento es de difícil acceso, no se da, no se imparten clases, el conocimiento que lleva a la verdad se adquiere mediante el estudio y la reflexión.

Es esotérica porque al igual que los filósofos de la antigüedad no comunicaban sus doctrinas sino a un corto número de sus discípulos, la Masonería mantiene velados sus conocimientos y los principios que propone por símbolos y alegorías y, a las claves de los unos y de las otras, solo se llega por la iniciación y la práctica de los rituales mediante los que se desarrolla el trabajo en las Logias.

Es esotérica porque sus principios y conocimientos solo se transmiten oralmente a los iniciados.

Pero, por ser una Orden iniciática y esotérica, la Masonería rechaza y condena el mal llamado ocultismo y todo el fraude a ingenuos, todo el fraudulento montaje económico de las supuestas mancias adivinatorias. La Masonería rechaza y condena a las sectas, iglesias y creencias que privan a sus miembros del libre albedrío, de la libertad de análisis y decisión. Y, si la Masonería no apoya a ninguna religión concreta, menos aun puede apoyar a los llamados cultos satánicos, al satanismo, el cual condena radicalmente.

La Masonería es una Orden Elitista, por que en sus filas militan las elites intelectuales del mundo entero, los hombres más avanzados espiritual y moralmente, aquellos que creen firmemente que el paso del hombre sobre la tierra transciende al simple hecho material y temporal; en suma, de la parte que el hombre tiene de animal, para sublimarse en lo que tiene de espiritual.  Sin olvidar que elites son todos aquellos, sea cual fuere su posición social o económica, que dejando atrás las pequeñas miserias humanas y los comprensibles egoísmos individualistas, dedican un poco de su tiempo a su desarrollo intelectual, espiritual y moral, poniendo su persona al servicio de la humanidad.

La Masonería es una Orden Caballeresca, no en los aspectos que se desprenden de una lectura exotérica y simplista de las viejas novelas de caballería y mucho menos aun en el sentido clasista. Lo es tomando el simbolismo profundo, esotérico, de los ideales de Camelot, Arturo y la Tabla Redonda; la búsqueda del Santo Grial, cuyo bellísimo simbolismo esotérico puede ser el norte del buscador de la Luz. Lo es porque ideal de vida caballeresco es la entrega desinteresada a las causas nobles, al servicio a la humanidad.

Así, la Masonería, por su espíritu caballeresco pudo ser inspiradora de la Revolución Francesa, en cuanto fin del Viejo Régimen, pues no puede menos que condenar el terror que desencadenó. Como antes lo fue de la Americana, en la que los 56 revolucionarios, padres de la patria, mayoritariamente masones; entre ellos George Washington, de la Gran Logia de Virginia; Benjamín Franklin, de la Gran Logia de Pennsylvania; Thomas Jefferson, de la Gran Logia de Virginia; John Adams, de la Gran Logia de Massachussets; John Quincy Adams, de la Gran Logia de Virginia, luego 6º Presidente; William Whipple, de la Gran Logia de New Hampshire; Benjamín Harrison, de la Gran Logia de Virginia; John Penn, de la Gran Logia de Carolina del Norte; Abraham Clark, de la Gran Logia de Nueva Jersey...  etcétera, proclamaron en 1776 la libertad de las 13 colonias, con una Declaración de Independencia de la que, por ser Masonería pura, sería difícil destacar un párrafo concreto, pero de la que recordaremos, entre otros muchos párrafos de igual mérito y contenido masónico:

 "Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales, que están dotados por un Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se cuentan el derecho a la vida, a la libertad y al alcance de la felicidad; que, para asegurar estos derechos, los hombres instituyen gobiernos, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma de gobierno llega a ser destructora de estos fines, es un derecho del pueblo cambiarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno, basado en esos principios y organizando su autoridad en la forma que el pueblo estime como la más conveniente para obtener su seguridad y su felicidad."

La Masonería mantiene y perpetúa entre sus miembros el espíritu caballeresco que informó la obra de los enciclopedistas y más tarde la de los ilustrados del siglo XIX, casi todos ellos masones. El de filósofos y pensadores, miembros de la Masonería, como Montesquieu, Voltaire y Rousseau. El de artífices de la emancipación de Hispanoamérica, como, por ejemplo y entre otros muchos, los masones San Martín, Bolívar y Martí. El de los también miembros de la Orden, Cavur, Garibaldi y Mazzini, héroes de la independencia y unidad italiana. El de músicos masones como el austriaco Mozart y el español Tomas Bretón. Poetas como Goethe o Moratin. Escritores como el inglés Kipling, el francés Stendhal y el español Blasco Ibáñez. Científicos como los doctores Santiago Ramón y Cajal y Alexander Fleming. Cirujanos como el Dr. Cristian Barnard, artífice en 1967 del primer trasplante de corazón a un ser humano. Descubridores e inventores como los españoles Isaac Peral y Juan de la Cierva o el francés Luis Lumiere. Políticos y estadistas como Práxedes Mateo Sagasta, Salvador Allende, Winston Churchil,  Benjamín Franklin. Hombres ilustres como Baden Powel, fundador de movimiento escultista o el antiesclavista Schoelcher. Actores como el británico Peter Sellers. O los promotores de la Sociedad de Naciones, que soñaban acabar con las guerras. El mismo espíritu caballeresco de entrega desinteresada a las nobles causas que guió a los inspiradores de la Unión Europea, con Monet a la cabeza. O a los padres del Consejo de Europa, masones la gran mayoría de ellos. Finalmente, ya como anécdota, con el mismo espíritu de Neil Amstrong, masón y primer hombre que pisó la Luna, sobre cuya superficie depositó una escuadra y un compás en recuerdo de su gesta.

En definitiva, el espíritu de los cientos de miles, millones de hombres que, desde sus ideales caballerescos y masónicos, mantienen a sus expensas y en silencio, sin subvenciones de ningún Estado, hospitales, asilos, universidades y escuelas.

Si debiéramos resaltar algo del espíritu de la Masonería, muy probablemente nos inclinaríamos por la autentica y profunda fraternidad que une a todos los masones del mundo entero, muy especialmente, claro está, a los miembros de una misma Gran Logia y, mucho más aun, a los de una misma Logia. Pero aun siendo muy importante no es ese el fin primordial de la Masonería, pues para ese tipo de fines ya están muchas y prestigiosas instituciones profanas.

Mucho más allá de ese principio de fraternidad universal, de indudable importancia y valor humanístico, e incluso iniciático, principio de auténtica fraternidad que llevaría a tener la filantropía como uno de los medios de los que podría valerse para alcanzar los propósitos que la animan, la Masonería tiene fines que mantiene muy presentes, siendo la síntesis de todos ellos cambiar el mundo. Esa es la meta final que se propone alcanzar, ese es el fin que constituye el auténtico Ser y existir de la propia Masonería. Dicho así, sin circunloquios ni palabrería vana, que oculten la realidad.

Pero ese fin no tiene connotaciones que lo liguen a lo profano, a lo prosaico, a intereses materiales, a bajas pasiones y aspiraciones que, si pudiesen ser admisibles en el mundo profano, en ninguna forma pueden llegar a serlo, ni como medio, ni como fin, para la Masonería. Porque cuando un masón afirma que la Masonería pretende cambiar el mundo, se está refiriendo a que la Masonería trabaja para hacer evolucionar ética, espiritual y moralmente a la humanidad, a partir de los principios que constituyen su Ser y de los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad que defiende.

En los proclamados fines más en los métodos para alcanzarlos, es en lo que la Masonería se diferencia de otras meritísimas instituciones que también tienen como objetivo el desarrollo de la humanidad. El peculiar sistema de trabajo personal e individual que la caracteriza, muy alejado de la acción institucional sobre la sociedad, la marca e individualiza.

No siendo, como no lo son, fines de la Masonería participar en forma alguna en política, ni en negocios, ni en ninguna otra actividad profana, La Orden Masónica centra sus esfuerzos en llevar a los masones a las condiciones espirituales, éticas y morales que les permitan trabajar en pos de alcanzar los fines que sí le son propios a nuestra Orden. Para ello la Masonería pone a disposición de sus miembros todos los medios necesarios «de orden iniciático, esotérico y simbólico» para que –individualmente y por el trabajo personal que cada uno sea capaz de realizar en sí mismo, más en la intimidad de las Logias auxiliándose siempre los unos a los otros– puedan avanzar a través del sistema reglado y graduado que caracteriza a la Masonería, teniendo como meta final cambiar el mundo.

Una vez logrados estos significativos avances por el camino iniciático, será cada masón el que con su ejemplo personal e individual influirá en los entornos familiar, profesional y social al que pertenezca; trasmitiendo así a la sociedad profana –mediante el ejemplo de una vida ordenada, respetuosa con las leyes y con los derechos de los demás y entregada a ideales legítimos y nobles– las enseñanzas recibidas a través de los principios proclamados por la Masonería.

Mas, el profundo arcano de la Masonería no se revela efectivamente, si no a los que llegan a ser auténticos masones, a aquellos que siguen con perseverancia el camino iniciático y se entregan a la Masonería sin ningún tipo de reservas, y sin más ambiciones humanas que las legítimas de lograr convertirse en auténticos iniciados; es decir, en obreros iluminados al servicio de la Inteligencia Constructora del Universo, la cual debe de manifestarse en el masón como una verdadera Luz que alumbra, desde un punto de vista superior, todos sus pensamientos, palabras y acciones.

En alguna forma masón –lato sensu– se nace. Porque ser masón significa participar de una condición espiritual especial, inconfundible e intransmisible, que aflora tras la iniciación y la identificación del iniciado con su propio ser interno y, a través de él con el Trazado realizado para la Humanidad por el Gran Arquitecto del Universo.

La Masonería, como Institución ético jurídica, Alta Cátedra Moral desde la que emanan los grandes principios y formulaciones al servicio de la Humanidad, confiere las características visibles de masón a aquellos que ya eran, potencialmente, portadores del Espíritu Iniciático; proporcionándoles los medios necesarios para cultivar su intelecto y su espíritu, mediante el estudio de determinados símbolos y la practica consciente de los Rituales. Unos y otros encierran un profundo significado esotérico, que es la llave que abre las puertas del conocimiento y la clave para que cada masón logre profundizar en lo más profundo de su corazón.

Dicho esto, únicamente queda proclamar que solamente se es masón “stricto sensu” si se profesan los principios iniciáticos, se cultiva el esoterismo y, en lo que corresponda, el conocimiento exotérico; si se tiene firmemente asentado el sentido de la responsabilidad individual, como confirmación del Espíritu Caballeresco con el que el masón debe de desempeñar su misión en el mundo profano.

La Masonería Regular profesa inderogablemente el espiritualismo y rechaza el materialismo y el racionalismo ateo; por ello, la Luz de la Razón que informa el Ideal Masónico, se legitima al emanar del Conocimiento Iniciático. Así, repetimos, la Masonería es una Orden iniciática, esotérica y caballeresca y, por lo tanto, elitista.

Es por ello que a la hora de admitir nuevos miembros, la Masonería está muy atenta a que no se infiltren aquellos que, por su poca formación espiritual, moral, cultural o humanista, puedan significar un freno en el desarrollo individual o colectivo. También está obligada a tener en cuenta la situación social y económica de los posibles candidatos; los cuales, además de, y esto es condición sine qua non, disponer de medios para mantener dignamente a su familia, han de disponer también de unos pequeños medios materiales para contribuir al sostenimiento y crecimiento de la Orden y, aun les ha de sobrar alguna cantidad para obras filantrópicas, de acuerdo con los viejos principios. Sin que lo dicho signifique, en absoluto, que en los criterios de selección intervengan conceptos mercantilistas, tan alejados del pensamiento y actitud masónicas.

Pero no podemos dejar de tener presente a la hora de admitir nuevos miembros, que la primera obligación del Hombre es para sí y para con su familia, y que solo una vez que ha cubierto dignamente sus propias necesidades y las de los suyos, podría, legítimamente, pensar en entregarse a otras causas.

Por lo demás, las contribuciones que en forma de cuotas periódicas cada masón satisface a través de su Logia, por su importe no van más allá de una pequeña cantidad mensual fácilmente asumible por cualquier persona que disponga de un puesto de trabajo, en el que perciba un salario de tipo medio y, en todo caso, de cuantía nunca superior a la que se gasta habitualmente en tomar unas cervezas con los amigos.

En todo caso, no debemos olvidar que garantizados los mínimos admisibles, y sentado que es obligación de todos los masones atender al sostenimiento de la Orden, a la Masonería no le interesa el dinero ni la posición que puedan tener sus miembros o aspirantes a serlo. Solo le interesan las cualidades humanas y la voluntad de crecer espiritual, ética y moralmente a través del camino iniciático.  

Si tras lo dicho cualquier posible lector de estas líneas desea saber algo más sobre la Masonería, no dude en escribirnos, con mucho gusto le atenderemos.